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Si tu plan para Halloween es contar historias de miedo, te proponemos una que no te dejarán indiferente. Es un relato corto del periodista José Manuel Rodríguez. Busca una linterna, apaga el resto de luces y prepárate para disfrutar de buena literatura.
Raúl había coleccionado esquelas casi desde que tenía memoria. Un día, siendo muy pequeño, y sin que nadie supiera muy bien cómo, ni por qué, descubrió en el periódico la fotografía de uno de sus vecinos. Era un hombre mayor, que había fallecido a consecuencia de una grave enfermedad respiratoria que lo había mantenido tosiendo sistemáticamente en los últimos años de su vida. Aunque Raúl lo había visto pocas veces, casi siempre en el ascensor, reconoció rápidamente el rostro alargado y los ojos hundidos de aquel hombre. Y recortó la esquela. No tendría siquiera seis años.
Aquello se convirtió en una costumbre y los años trajeron nuevas muertes de conocidos, vecinos e incluso familiares. Y Raúl recortaba la esquela de todas y cada una de esas defunciones del periódico que su padre siempre traía a la hora de comer a casa. Al principio, su madre observaba con inquietud ese hábito. Y fue tema de no pocas conversaciones con su marido, que siempre las resolvía diciendo aquello de ?es la edad, Marta?. Lo cierto es que Raúl comenzó el instituto y continuó en su afán de recolectar los homenajes póstumos a la gente que conocía por una u otra causa. Las guardaba en una caja de zapatos, perfectamente apiladas en un taco, sin mayor orden que el cronológico. Porque a veces las revisaba, pero jamás alteraba el orden en el las había recogido. Por ello, en el fondo del montón siempre se situaba la desgastada esquela del desafortunado vecino que reconoció al principio.
Pasaron los años, sin que ya sus padres echaran cuentas de la extraña afición de su hijo. Habían acabado por acostumbrarse, y no veían en ello nada malo. Por lo demás, Raúl era tan normal como cualquier otro muchacho de su edad. Cuando comenzó el primer curso de Ingeniería Química en la Universidad, no tardó en hacer un grupo de amigos, al que reveló sin mayores problemas que se dedicaba a recolectar esquelas de personas que conociera.
Entre esos compañeros cundió primero la sorpresa y luego el desagrado. A ninguno le parecía una afición especialmente recomendable aquella de guardar testimonios de decesos. Y a partir de entonces todas las bromas que pudieran hacerle se centraban en aquel tema.
Aquello se convirtió en una costumbre y los años trajeron nuevas muertes de conocidos, vecinos e incluso familiares. Y Raúl recortaba la esquela de todas y cada una de esas defunciones del periódico que su padre siempre traía a la hora de comer a casa. Al principio, su madre observaba con inquietud ese hábito. Y fue tema de no pocas conversaciones con su marido, que siempre las resolvía diciendo aquello de ?es la edad, Marta?. Lo cierto es que Raúl comenzó el instituto y continuó en su afán de recolectar los homenajes póstumos a la gente que conocía por una u otra causa. Las guardaba en una caja de zapatos, perfectamente apiladas en un taco, sin mayor orden que el cronológico. Porque a veces las revisaba, pero jamás alteraba el orden en el las había recogido. Por ello, en el fondo del montón siempre se situaba la desgastada esquela del desafortunado vecino que reconoció al principio.
Pasaron los años, sin que ya sus padres echaran cuentas de la extraña afición de su hijo. Habían acabado por acostumbrarse, y no veían en ello nada malo. Por lo demás, Raúl era tan normal como cualquier otro muchacho de su edad. Cuando comenzó el primer curso de Ingeniería Química en la Universidad, no tardó en hacer un grupo de amigos, al que reveló sin mayores problemas que se dedicaba a recolectar esquelas de personas que conociera.
Entre esos compañeros cundió primero la sorpresa y luego el desagrado. A ninguno le parecía una afición especialmente recomendable aquella de guardar testimonios de decesos. Y a partir de entonces todas las bromas que pudieran hacerle se centraban en aquel tema.
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